En forma para traducir

La autora en Shark Valley, Florida, en 2009

¿Por qué será que siempre encontramos el tiempo para aceptar ese trabajo de dos mil palabras para mañana aunque ya tengamos otras cinco mil por entregar, pero es imposible encontrar 30 minutos en un día para ejercitarnos?

Mi esposo, probablemente consciente de mi falta de actividad física que yo misma me niego a aceptar, me regaló en Navidad un aparatito maravilloso: un Fitbit One . Es una especie de podómetro inteligente que se sincroniza con la computadora y te da todo tipo de estadísticas. Es muy compacto y tiene un sujetador para enganchártelo en la ropa. No solamente mide los pasos sino también la distancia recorrida, si has subido escaleras y hasta te premia con una flor que va creciendo a medida que eres más activo. Lo uso desde que lo configuré y me ha resultado muy útil para enfrentar mis demonios e implementar de una vez por todas un plan para atacar este sedentarismo que me consume.

A diferencia de lo que ocurre en mi vida laboral en la que soy completamente autónoma en todos los sentidos, en lo que respecta al ejercicio soy un ser completamente grupal. Me cuesta enormemente hacer ejercicio por cuenta propia. Me refiero a ir al gimnasio y pasearme por los distintos adminículos. Prefiero mil veces una clase de casi cualquier cosa antes que montarme en una caminadora porque me siento como un hámster en una rueda. Lo peor de todo es que estamos suscritos a un gimnasio y casi todos los días hay alguna clase a la que me gustaría ir, pero entonces me busco todo tipo de excusas: es que el horario no me conviene, es que me parte el día, tengo ese trabajito que entregar a las 2 p. m., en fin, ya saben…

El primer día de trabajo normal que usé el Fitbit fue un baldazo de realidad: el monitor propone una meta de 10.000 pasos al día (el promedio aceptable es 7.000) y ese día a las 9:00 p. m. el podómetro marcaba 2.565 pasos. Al día siguiente empezaron a aparecer mágicamente minutos que antes no estaban en el día y que he dedicado para hacer alguna actividad física. Desde entonces, reporto con satisfacción que, en promedio, no ha habido ningún día de menos de 7.000 pasos.

Mientras afino el plan para acudir por lo menos a dos clases semanales en el gimnasio y encajar una caminata por la urbanización tres veces por semana como mínimo, he encontrado algunas soluciones creativas:

  • Trabajar sentada en una bola para hacer ejercicio. Por supuesto no todo el día; digamos, lo que tardas en hacer un trabajo de tarifa mínima. Mientras reviso mi propio trabajo –que presumo que no será más que la leída final– me siento en la bola y acompaño la lectura con algunos estiramientos, ejercicios abdominales o incluso un par de pesas para ejercitar los brazos.
  • Hago pausas para jugar Wii. Me encanta bailar y además tengo tendencias de geek, así que DDR me resulta muy entretenido y lo aprovecho para apuntarme otros 15 o 20 minutitos de actividad física.
  • Salgo al patio y salto la cuerda 200 veces.
  • Hago de 10 a 15 minutos de yoga. Yoga Journal tiene una página web excelente con videos de secuencias para cada ocasión.
  • Hago ejercicios para fortalecer los músculos abdominales y la espalda durante 10-15 minutos. Aquí encontrarán algunos ejemplos.
  • Empecé a usar los videos de Lindsay Brin que tengo desde que nació mi hija y que dejé de usar apenas terminó mi licencia de maternidad (autoconcedida, claro). Lo que más me gusta es que las rutinas son de 20 minutos como máximo.

En cualquier caso, la intención es moverme (ir a la cocina a servirme otra taza de té no cuenta) y además despejar la mente durante unos 15 a 20 minutos, por lo menos dos veces al día. Ya lo habrán leído en algún otro lado: el grado de actividad física es directamente proporcional al nivel de energía y yo me atrevería a agregar que hasta aumenta la agudeza mental, importantísima para nuestra profesión.

Hace dos años ni se me habría ocurrido escribir sobre este tema porque el asunto del ejercicio no era para nada un problema: todos los días a las 5:30 p. m. cerraba el chiringuito y me iba a mis clases de Zumba o a mis sesiones de Power Plate; regresaba a casa, cenábamos y si tenía que trabajar un poquito más, lo hacía, o empezaba más temprano al día siguiente. Me ejercitaba seis veces por semana e incluso algunos fines de semana nos íbamos a los Everglades a hacer el circuito en bicicleta de 10 millas de Shark Valley. Desde que me convertí en madre cambió el esquema; la matriz de variables se ha complejizado y se ha producido una reorganización de prioridades.

Si puedo planificar mi día laboral al punto de asignar un tiempo para cada actividad relativa al trabajo, también puedo hacerlo para mi salud física y mental, y de hecho, he logrado incluir el ejercicio como parte del día laboral; así como tengo un horario de almuerzo o de receso, también tengo un horario de ejercicio dentro del día laboral. Si después de la faena puedo ir a una clase, caminar por la urbanización o jugar más DDR con mi hija, maravilloso; si no, ya habré cumplido con casi todas mis obligaciones del día.

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2 thoughts on “En forma para traducir

  1. I loved this! I agree with you 100% about group classes and I hope I’ll be able to follow your advice and take two 15 minute breaks during my working day. Thank you for sharing!

    • Thank you, Silvia! I’ve been taking these breaks from the beginning of the year and I can totally feel the difference after even a short 10- (or even 5-) minute break. Sometimes I can only do 3 Sun Salutations just to stretch my back and legs, and I feel energized afterwards. Hope you are able to find an activity that is both fun and relaxing for you. Best of luck!

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