¿No querías ahorrarte unos centavos en el proyecto?

Masonry and translationHace unos dos años mi esposo y yo decidimos remodelar el baño de la habitación principal de la casa. Como ya teníamos pensado el diseño, emprendimos la búsqueda de los materiales perfectos. Nos decidimos por unas baldosas y mosaicos de vidrio espectaculares de una tienda española muy conocida (y costosa). Acto seguido, comenzamos a buscar a quién encargaríamos la obra.

Tenemos un contratista –al que llamaré Mateo– a quien hemos encargado varios proyectos de remodelación. La calidad de su trabajo es excepcional, es rápido, conoce su oficio y a menudo nos ofrece buenas ideas. El problema es que por lo general está ocupado con obras grandes y no siempre está disponible en un momento dado.

A la sazón nuestra hija tenía seis meses y no queríamos estar en la casa durante la remodelación, así que planeamos unas pequeñas vacaciones en la costa oeste de Florida, hicimos reservaciones en un hotel, etc. En resumen: teníamos un plazo específico para el proyecto. Mateo no parecía ser una buena opción.

Contratamos a otra persona a quien también habíamos encargado algunos proyectos antes. Se trataba del señor que nos hacía todas las reparaciones o las remodelaciones menores en la casa. Su especialidad es la plomería. Para ser honesta, jamás le habíamos confiado una obra tan grande, pero siempre había sido muy responsable y profesional, y a cada rato nos contaba de los proyectos grandes en los que estaba trabajando. Para efectos de esta historia, lo llamaré Raimundo.

Raimundo nos dio un buen precio, más bien tirando a lo barato, e incluso contrató a otra persona (por el mismo precio). Para no aburrirlos con los detalles de albañilería, baste con decir que, dado el diseño del baño, la persona que colocara las baldosas y los mosaicos tendría que tener mucha experiencia.

La remodelación resultó ser una pesadilla. Raimundo solamente se presentó a trabajar tres veces en diez días. Su “asistente” terminó llevando toda la carga de la obra. Ninguno de los dos tenía ni remotamente el grado de especialización que exigía el proyecto. Afortunadamente, el baño quedó bien, pero tuvimos que contratar a otra persona para que hiciera algunos de los remates y corrigiera errores. Pese a todo, tiene ciertas fallas técnicas y de seguro que no aparecería en el catálogo de la tienda española, pero en general, está aceptable.

No pude menos de hacer la correlación entre este proyecto y lo que sucede en el mundo de la traducción.

  1. Si tienes un producto de gran calidad y quieres que los resultados reflejen esa calidad, ponlo en manos de un profesional con experiencia.
  2. En relación con los plazos de entrega, a veces vale la pena esperar un poco para trabajar con el contratista adecuado para el proyecto. Quizás esto no sea factible en todos los casos, pero a menudo la traducción es el último paso de un proceso largo; lo que ha tardado semanas en crearse tiene que traducirse en un par de días y es inevitable que eso afecte la calidad de la traducción, de modo que esto es algo que se debe tomar en cuenta.
  3. Contrata a un profesional especializado cuando el proyecto exija especialización. Aunque sea un poco más costoso, a largo plazo te ahorrará muchísimo.
  4. A diferencia de lo que sucede con un contratista novato, un profesional sabe lo que está haciendo y no solamente te ofrecerá un servicio excelente sino que además podría asesorarte y darte sugerencias para el proyecto.
  5. Contratar a un experto no siempre resulta considerablemente más caro, sobre todo si tomamos en cuenta el valor agregado que aporta un profesional con experiencia.

Aunque mi reacción inicial fue sacar conclusiones desde el punto de vista del cliente, esta experiencia también me sirvió de curso de repaso como autónoma que soy:

  1. Sé honesto con el cliente en cuanto a tu especialización. Aunque no consigas ese proyecto enorme, tu honestidad dejará en claro tu ética profesional y hará más probable que el cliente acuda a ti cuando surja un proyecto en tu campo de especialización.
  2. La colaboración con otros colegas es una idea estupenda para algunos proyectos. Sin embargo, las condiciones de esa colaboración tienen que quedar claras para todas las partes involucradas. Bajo ningún concepto es aceptable conseguir un contrato y luego participar mínimamente en el proyecto.

¿Cómo pudimos cometer este error tan elemental con un proyecto de esta magnitud? Qué fácil es sucumbir al canto de sirenas de ahorrarnos unos céntimos y olvidar lo que bien sabemos sucede a diario en el negocio de la traducción.

Mateo nos habría cobrado aproximadamente 35% más por el proyecto. Si tomamos en cuenta lo que habíamos invertido en materiales, toda la complicación y los problemas con Raimundo, el hecho de que tardó mucho más de lo previsto para terminar la obra y que al final tuvimos que contratar a otra persona para que “corrigiera” su trabajo, ¿no creen que bien habría valido la pena el gasto adicional? Yo no tengo duda.

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